Primera Sesión

 

23 de enero del 2024 | Clase de Investigación Social, Universidad de La Sabana.

Bitácora| Juliana Andrea Ávila Marulanda.

 

Eran las 6:55 a. m. cuando llegué al salón de clases. El sol aún se escondía entre las nubes y el frío me estremecía, tanto así, que los guantes de lana que había decidido ponerme (previendo precisamente una situación tan helada), no bastaban para proteger mis manos del helaje. Cuando llegué, mis compañeros habían ocupado ya la mitad del salón, así que tomé asiento en la primera fila junto a la ventana, frente al escritorio del profesor.

“Buenos días” dije tímidamente en voz baja. El profesor no levantó la mirada ante mi saludo, y tiene sentido que no lo haya hecho, en ocasiones pronuncio las palabras tan tenuemente que es difícil hasta para mí misma escucharme. Saqué mi celular y le escribí a mi amiga Lorena “¿Dónde vienes?” se había quedado charlando en el primer piso mientras llegaba la hora de la clase, así que subió al salón tan pronto le escribí. “Juli, no encuentro el salón” me escribió minutos después, le hice una llamada y le indiqué que saliera al pasillo, así, podría guiarla al salón. Salí y, al verla llegando, decidí saludarla a la distancia y entrar de nuevo a clase mientras ella me seguía. Nos sentamos y esperamos alrededor de diez minutos mientras llegaban los demás y el profesor daba inicio. Froté mis manos en un intento por obtener calor en ellas, pero, por más fricción que hice, el frío seguía atravesando los guantes, de modo que no logré otra cosa más que dejar mis piernas llenas de motitas de color negro.

El murmullo en el aula cesó ante la voz del profesor, quien se presentó como Juan Sebastián Cobos y nos dio la bienvenida a su clase. A diferencia de muchos otros profesores, Juan Sebastián se tomó el tiempo para conocernos, y, en lugar de contarnos inmediatamente los contenidos de la materia, prefirió escuchar de nosotros, sus estudiantes, qué expectativas o ideas teníamos frente a su clase. Me sorprendí al saber que había personas de casi todos los semestres, y mi asombro fue mayor al saber que varios se encontraban casi terminando su carrera universitaria. Entre tantas frases que utilizaron mis compañeros para dar forma a su idea de la materia, quedaron resonando (tal vez por su alta frecuencia) las referentes a entrevistas y análisis de grupos sociales. Cuando llegó mi turno, dije mi nombre, mi semestre, y mencioné que amaba leer, escribir, correr, saltar lazo y soñar. Y en ésta última aclaré que suelo escribir mis sueños para tomar consciencia de ellos y lograr tener sueños lúcidos, creo que es la primera vez que incluyo eso en una presentación de mí misma.

Una vez terminamos de presentarnos y de contar nuestra noción de la clase, el profesor nos pidió hacer un ejercicio, “saquen una hoja en blanco” nos indicó. Mi único cuaderno, por su empastillado, se dañaría si le arranco una hoja, así que miré a mi alrededor y reconocí a un amigo del grupo de taekwondo (grupo del cual me salí tras un año de descubrir que no me apasionaba dar golpes, ni mucho menos recibirlos), “Christian, ¿Me puedes regalar una hoja? Porfis” le pregunté un poco de afán, pues ya todos los demás tenían lista su hoja y el profesor estaba a punto de dar inicio al ejercicio. Christian me regaló una hoja de su folder y la dividí en dos secciones para regalarle la mitad a Lorena, pues tampoco tenía hoja. Entonces, el profesor nos pidió dibujar un objeto que nos representara, pensé primero en cosas básicas; una cámara, unos audífonos, un esfero…Me costó encontrar algo que me definiera, pues cada vez que intento expresar una parte de mí a través de conceptos, siento que, inevitablemente, paso por alto gran parte de mi esencia y me limito a algo que no abarca la complejidad de lo que soy, así que tardé más tiempo en elegir un objeto que en dibujarlo. Resolví dibujar una vasija rota, pues, el año pasado, Dios formó bastante mi carácter en torno al versículo de segunda de Corintios 4:7, pude dejar de intentar alcanzar la perfección y empecé a ser realista y transparente, sin dejar de lado la responsabilidad que implica contener su luz. No tuve en cuenta, sin embargo, que esta interpretación resultaría difícil de descifrar para una persona poco involucrada con el cristianismo. El resultado fue, como era de esperarse, que al momento de la lectura de mi dibujo, quien intentó comprender su significado, terminó sugiriendo que quien había ilustrado aquella vasija era una persona “que tal vez ha pasado por mucho dolor y cree, o se siente rota”, aunque luego añadió que probablemente esa persona sentía que tenía muchas cosas por mejorar, las rayitas junto a la vasija hablaban del propósito en su vida y el hecho de repetir una parte del dibujo era reflejo de su perfeccionismo, así que no estaba del todo equivocada.

Ahora bien, al momento de interpretar el dibujo que me había sido entregado, lo primero que se me ocurrió fue que, por el tipo de trazo despreocupado y veloz, su autor debía ser un chico. No escribí ese primer pensamiento por lo arriesgado que era, y qué bien que no lo hice, pues quien lo había dibujado era una chica. Por el objeto tan sencillo, una cámara, y el trazo tan ligero, deduje que era una persona descomplicada que procura solucionar rápido los problemas. Añadí además que, sin duda, era una apasionada por la fotografía.

El profesor recogió mi hoja y le llamó la atención mi letra, dijo que era muy bonita, pero que además tenía algo particular que en un momento nos explicaría. Me causó intriga esa afirmación y esperé con ansias a que leyera mi descripción. Cuando lo hizo, me preguntó si era una persona muy apegada a las normas, le dije que sí (sé seguir instrucciones y prefiero hacerlo) y respondió que pudo saber eso de mí porque mi letra se rige mucho por la cuadricula. En el colegio, mi letra era cursiva y me ponían a hacer planas, de ahí que tenga tanto letra cursiva como scribd y que me pegue tanto a la cuadrícula, escribir así me hace sentir más ordenada.

Una vez me devolvieron mi dibujo, vi la letra de la chica que lo había interpretado y no me pareció linda, sin duda escribió con urgencia. La inclinación de la letra varía hacia atrás y hacia adelante, parece una persona que constantemente se autoevalúa o cambia de parecer, su escritura es curva, de una persona adaptable, escribe tan velozmente que pareciera que es alguien de pensamiento rápido, aunque poco cuidadosa. Me sorprendió poder saber todo esto a partir de su letra, el profesor nos dio un poco de información al respecto y nos dijo que, si nos llamaba la atención, podíamos investigar de grafología, y eso fue lo que hice. Aunque me limité a lo más evidente, me pareció una ciencia bastante útil a la hora de relacionarme con amigos y equipos de trabajo.

Una vez terminamos el ejercicio, el profesor nos expuso la materia. Poco escribí, realmente, pero dibujé bastante; dibujé lentes, una lupa, un micrófono, un grupo de personas interactuando y un signo de interrogación. El profesor también nos compartió investigaciones acerca del aprendizaje humano y la consecución de objetivos. Me pareció muy útil aquello de reforzar el aprendizaje a través de la vista, el oído y luego la práctica, y soy testigo de que enseñar un tema ayuda muchísimo a recordarlo. Recuerdo también acerca de la Taxonomía de Bloom, y creo que algo a lo que quiero realmente enfrentarme este año es a mi zona de confort.

Poco conservo de los últimos minutos de la clase, la mañana seguía fría y yo tenía un poco de hambre, pero hasta donde recuerdo, el profesor nos dio instrucciones breves para realizar este escrito y dio por finalizada la clase.

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